2012 está cerca al igual que el estreno de la película que Hollywood lanza para hacernos temer el inminente fin del mundo. Pero los estadounidenses tendrían que darse una vuelta por Argentina para ver y creer que lo que se pone al aire en la tele o en la radio y lo que puede leerse en el diario de este país es muchas veces superior a la ficción que, con efectos especiales de primera línea, intentan hacer ver en sus películas catástrofes.
Hace unas semanas, la revista Barcelona, una publicación de humor que se distribuye en casi todo el país, tituló en su tapa: “Madres de Punta del Este”. En la imagen trucada aparecían Susana Giménez y Mirtha Legrand con pañuelos blancos en sus cabezas flanqueando a Marcelo Tinelli. Todos llevan armas y la premisa parece ser matar al enemigo, al ladrón que mata, matar al que hace peligrar este “equilibrio” de pobres cada vez más pobres y ricos cada vez más ricos.
Prendo la tele y después del despanzurrado del día veo a Graciela Alfano en Intrusos hablando de los problemas que ya son nacionales con el resto del jurado de Tinelli. Inmediatamente, se produce lo que la producción del programa dice que es un “hecho esotérico”. Salta una pista con el tema “Bohemian Rhapsody”, de Queen, segundos después de que Gra habla del pacto que hizo con Dios. Todo el mundo habla de eso en otros programas, en Internet.
Cambio a la cadena de noticias y la pantalla se tiñe de rojo sangre. Uno detrás de otros desfilan los muertos del día: muertos en accidentes, muertos en cumplimiento del deber, muertos en enfrentamientos con la policía, muertos víctimas de asaltos. La muerte está cercando a Buenos Aires y sus alrededores y por ahí extiende su mano negra hacia el interior, eso que somos nosotros, los que vivimos donde no atiende Dios. Pero Dios parece no estar en Buenos Aires tampoco. No sé, es un lío.
La inseguridad es una realidad pero el foco puesto en ese eje temático como única estrategia comunicativa es, de por sí, una muestra de cómo los medios pueden manipular lo que sale de ellos hacia la opinión pública. Aparecemos en un campo minado, tememos caminar, tomar decisiones ante vericuetos que la vida nos propone, tenemos miedo a tirarnos a la pileta desde nuestra aparente seguridad y nos enterramos en eternas disyuntivas.
Más claro que yo, unas 100 mil veces, es el escritor y periodista Martín Caparrós, que en una de sus columnas del diario Crítica dijo los siguiente: “La inseguridad, noticia rampante de estos días, es el resultado de la incompetencia de aquella misma sarta de ricos y militares que creyeron que podían armar un país latinoamericano sin niveles de violencia latinoamericanos: les hubiera bastado con estudiar un poco la cuestión para entender que si excluyen a la mitad de la población, unos pocos van a querer un poquito de eso que les muestran pero nunca les dan”.
No queda mucho que agregar. El tema es darse cuenta de que los discursos no son siempre bienintencionados y que las soluciones no vienen detrás de un arma de fuego, de la ley del Talión o de la pena de muerte en un sistema judicial al que, como a todo el resto de la sociedad, le cuesta discernir que un pobre sea pobre y no un delincuente en potencia.
sábado 5 de diciembre de 2009
sábado 28 de noviembre de 2009
La vida de los otros
En 2006, La vida de los otros, del director alemán Florian
Henckel-Donnersmarck, se llevó el Oscar a la mejor película de habla
no inglesa. El film se interna en la República Democrática Alemana de
los años de la guerra fría. El capitán Gerd Wiesler, encarnado por
Ulrich Mühe, es uno oficial de la poderosa policía secreta del régimen
comunista (Stasi) al que se le encomienda espiar de forma exhaustiva
al escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch) y a la popular actriz
Christa-Maria Sieland (Martina Gedenk).
Además de mostrar de manera cabal cómo se vivía bajo el régimen
comunista antes de la caída del muro de Berlín, la obra profundiza en
la psicología de este oscuro personaje que, en la tarea de espiar a
los artistas, termina involucrándose en la historia, se mete en la
mente de sus objetivos de espionaje dejando de lado la función que se
le encomendó.
El trabajo periodístico se basa en la observación de la realidad, en
la detección de hechos e historias que puedan servirle e interesarle a
una cantidad de gente considerable. Mientras más se extiende ese
interés, más importante es la noticia, según los manuales de esta
actividad tan apasionante, y tan vapuleada en este último tramo de la
historia.
La sociedad ha llegado a niveles tan altos de despersonalización, el
individualismo se ha tornado tan extremo, que hoy por hoy nos conmueve
más seguir por la tele porteña la pelea Alfano-Pachano (Nota: Ante
cualquier duda, mire cualquier canal cinco minutos a la tarde), que
encargarnos de lo que pasa a la vuelta de nuestras casas.
En algunos casos, esta búsqueda de ingresar en la intimidad de los
demás, se torna perversa. Hay gente que deja de vivir su propia vida y
transforma su existencia en un continuo mirar hacia los costados, en
un meterse en la vida de los otros para tapar las propias
deficiencias, las propias miserias, las propias oscuridades y
represiones internas.
El periodismo es otra cosa y más allá de entrar en investigaciones que
intenten revelar lo que hay detrás del poder, que busquen dar claridad
a cuestiones que permanecen ocultas, no necesita ingresar en el
terreno privado de las personas para hacerlo público.
Hay gente que se dedica a esas cosas, pero son espías, no periodistas.
En la peor época de nuestro país, los diarios estaban cercados por
estos sujetos que se disfrazaban de periodistas para ingresar en las
redacciones y contribuir con nombres para las listas negras del
terror.
Hoy sigue existiendo esta gente deleznable. Sigue habiendo personajes
disfrazados de periodistas que trabajan para ellos mismos y para
intereses poderosos que lejos están de la gente que dicen defender.
Por eso, es necesario volver a activar en nosotros el juicio crítico,
la doble lectura de los mensajes, la bien entendida desconfianza a la
hora de escuchar o leer una noticia, una opinión.
Henckel-Donnersmarck, se llevó el Oscar a la mejor película de habla
no inglesa. El film se interna en la República Democrática Alemana de
los años de la guerra fría. El capitán Gerd Wiesler, encarnado por
Ulrich Mühe, es uno oficial de la poderosa policía secreta del régimen
comunista (Stasi) al que se le encomienda espiar de forma exhaustiva
al escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch) y a la popular actriz
Christa-Maria Sieland (Martina Gedenk).
Además de mostrar de manera cabal cómo se vivía bajo el régimen
comunista antes de la caída del muro de Berlín, la obra profundiza en
la psicología de este oscuro personaje que, en la tarea de espiar a
los artistas, termina involucrándose en la historia, se mete en la
mente de sus objetivos de espionaje dejando de lado la función que se
le encomendó.
El trabajo periodístico se basa en la observación de la realidad, en
la detección de hechos e historias que puedan servirle e interesarle a
una cantidad de gente considerable. Mientras más se extiende ese
interés, más importante es la noticia, según los manuales de esta
actividad tan apasionante, y tan vapuleada en este último tramo de la
historia.
La sociedad ha llegado a niveles tan altos de despersonalización, el
individualismo se ha tornado tan extremo, que hoy por hoy nos conmueve
más seguir por la tele porteña la pelea Alfano-Pachano (Nota: Ante
cualquier duda, mire cualquier canal cinco minutos a la tarde), que
encargarnos de lo que pasa a la vuelta de nuestras casas.
En algunos casos, esta búsqueda de ingresar en la intimidad de los
demás, se torna perversa. Hay gente que deja de vivir su propia vida y
transforma su existencia en un continuo mirar hacia los costados, en
un meterse en la vida de los otros para tapar las propias
deficiencias, las propias miserias, las propias oscuridades y
represiones internas.
El periodismo es otra cosa y más allá de entrar en investigaciones que
intenten revelar lo que hay detrás del poder, que busquen dar claridad
a cuestiones que permanecen ocultas, no necesita ingresar en el
terreno privado de las personas para hacerlo público.
Hay gente que se dedica a esas cosas, pero son espías, no periodistas.
En la peor época de nuestro país, los diarios estaban cercados por
estos sujetos que se disfrazaban de periodistas para ingresar en las
redacciones y contribuir con nombres para las listas negras del
terror.
Hoy sigue existiendo esta gente deleznable. Sigue habiendo personajes
disfrazados de periodistas que trabajan para ellos mismos y para
intereses poderosos que lejos están de la gente que dicen defender.
Por eso, es necesario volver a activar en nosotros el juicio crítico,
la doble lectura de los mensajes, la bien entendida desconfianza a la
hora de escuchar o leer una noticia, una opinión.
miércoles 2 de septiembre de 2009
lunes 31 de agosto de 2009
Incendio en el Concejo
Cuando pensé el título de esta columna una camión de bomberos pasaba por cerca de casa haciendo sonar su sirena a más no poder. Pensé dos cosas: la situación incontrolable de los incendios en la provincia de Córdoba y no pude dejar de asociarla con la dura pelea política que protagoniza el radicalismo local en el Concejo de Representantes. Inmediatamente, se me cruzó la imagen de Nerón ordenando quemar Roma hasta transformarla en cenizas. La metáfora de incendio en el Concejo tiene un significado político, obviamente. Pero si uno observa detenidamente lo que está pasando no puede dejar de pensar en que quienes están en medio de esta compulsa no tienen en cuenta el daño institucional que puede acarrear la pelea al cuerpo legislativo. Es como quemar aún más los cimientos de una institución que, como el resto de las bases de la democracia, está sumida en el descrédito de la población a partir del incendio que vivió el país en 2001. Son pocos los que se han puesto a pensar que lo que pasó ese año todavía no se disipó y se mueven en el poder como si nada hubiera pasado y como si el “que se vayan todos” hubiera sido sólo una advertencia débil del pueblo.
La pelea es personal y cuerpo a cuerpo el Concejo. No hay motivaciones políticas de fondo, no hay ideología, no hay fundamentos teóricos y profundos que le den sustento. Porque, tanto en la política como en la vida misma, en ocasiones hay que dar peleas, no hay que quedarse sentado y hay que luchar por las ideas propias. Pero en este caso no se trata de ideas ni de métodos. Sí de cuestiones personales y de ambiciones de poder que quedaron heridas tras una compulsa que incluyó operaciones mediáticas y en la que se utilizaron maniobras de todo tipo.
Lo cierto es que, en el ánimo de derrotar al rival, el fósforo encendido se transformó en un incendio de magnitud que va a ser muy difícil de sofocar. “Donde hubo fuego, cenizas quedan”, dice la canción. Pero el fuego sigue en el Concejo y no hay bomberos para apagarlo.
La pelea por los espacios de poder que dejará el felpetismo cuando termine el actual mandato en 2011 se encamina a ser similar, para desgracia nuestra, de los carlospacenses.
El encarnizamiento que vemos en algunos políticos locales por ocupar lugares sin mirar a los aliados y tampoco a los rivales nos muestra cómo la política argentina ha cambiado las ideas por un pragmatismo vacuo y sin sustento.
Las bases de nuestra democracia joven tienen demasiada arena movediza y hay pocos próceres que den pasos al costado, gestos de grandeza o renunciamientos en pos de la perdurabilidad del sistema. El diccionario político argentino parece haber borrado con liquid paper esos conceptos que llenan algunos libros de nuestra historia.
El incendio está, por ahora, focalizado en el Concejo. Pero el viento de este agosto que ya termina es traicionero y puede hacer variar el rumbo de las llamas.
Publicado por el semanario La Jornada el 30 de agosto de 2009.
La pelea es personal y cuerpo a cuerpo el Concejo. No hay motivaciones políticas de fondo, no hay ideología, no hay fundamentos teóricos y profundos que le den sustento. Porque, tanto en la política como en la vida misma, en ocasiones hay que dar peleas, no hay que quedarse sentado y hay que luchar por las ideas propias. Pero en este caso no se trata de ideas ni de métodos. Sí de cuestiones personales y de ambiciones de poder que quedaron heridas tras una compulsa que incluyó operaciones mediáticas y en la que se utilizaron maniobras de todo tipo.
Lo cierto es que, en el ánimo de derrotar al rival, el fósforo encendido se transformó en un incendio de magnitud que va a ser muy difícil de sofocar. “Donde hubo fuego, cenizas quedan”, dice la canción. Pero el fuego sigue en el Concejo y no hay bomberos para apagarlo.
La pelea por los espacios de poder que dejará el felpetismo cuando termine el actual mandato en 2011 se encamina a ser similar, para desgracia nuestra, de los carlospacenses.
El encarnizamiento que vemos en algunos políticos locales por ocupar lugares sin mirar a los aliados y tampoco a los rivales nos muestra cómo la política argentina ha cambiado las ideas por un pragmatismo vacuo y sin sustento.
Las bases de nuestra democracia joven tienen demasiada arena movediza y hay pocos próceres que den pasos al costado, gestos de grandeza o renunciamientos en pos de la perdurabilidad del sistema. El diccionario político argentino parece haber borrado con liquid paper esos conceptos que llenan algunos libros de nuestra historia.
El incendio está, por ahora, focalizado en el Concejo. Pero el viento de este agosto que ya termina es traicionero y puede hacer variar el rumbo de las llamas.
Publicado por el semanario La Jornada el 30 de agosto de 2009.
domingo 23 de agosto de 2009
Hasta cuándo vamos a ser un país poco serio
“Hay más muertos”, dice un eléctrico conductor de programa de radio matinal. “En un país en serio, a los negros piqueteros los matan a palos, como a Martin Luther King”, vocifera un oyente adepto a los espasmódicos relatos de furia de locutor. Luego, el típico informe del tránsito detalla la grilla de manifestaciones, protestas, cortes de calle y hasta alerta sobre los peligros de conducirse en un VW Gol color rojo. Minutos después otro oyente exasperado grita su odio por el 6 a 1 con Bolivia y le pide al “montonero Macaya Marquez” que “re-nun-cie”. “Siguen los muertos”, repite el locutor que a cada minuto insiste en que somos un país poco serio. En realidad el programa es una muestra irónica del ciclo radial que Diego Capusotto tiene en la Rock & Pop y en poco se tiempo se transformó en una verdadera pieza periodística digna de estudio. Es que, aunque sea en broma, en este caso muchas veces la realidad supera con creces a la ficción. Un zapping radial nos permite escuchar cosas peores que las dichas por Capusotto con ánimo de mostrar el mensaje que tiran algunas radios con total impunidad. Se dice que lo que se dice en radio pasa rápido por eso no importa lo que se diga. La repetición del verbo es a propósito y me sirve para remarcar que para decir en radio, en televisión, en gráfica, hay que tener el mismo sentido de la responsabilidad. La opinión debe estar anclada en pensamientos claros y, sin ánimo de hacer de esta columna un glosario de buena conducta periodística, lo bueno sería advertir a oyentes-televidentes-lectores que no deben creer todo lo que escuchan-ven-leen. Estos tiempos, donde cualquier persona tiene derecho a tomar un micrófono y decir todo lo que cree y piensa, son de democracia. Es cierto, es una democracia débil, joven y en conformación, pero sin ella nadie podría decir lo que piensa en ningún lado. Por eso cuando escucho gente que pide palos para los manifestantes (si son pobres, mejor) y, por otro lado, veo que esa gente poco dice de otros manifestantes más ricos, pienso en que esa “mano dura” es para algunos, para los que “nos joden a nosotros, los que estamos un poquito más arriba”. Eso sí, cuando la protesta viene de empresarios, productores, gente como uno, hay que apoyarlos porque esos sí son los que generan la riqueza del país. ¿Y los pobres? O acaso hablamos de los pobres cuando aparecen en la foto de la primera plana el día en que al Papa se le ocurre decir que existen. Pobres también son los que caen en el paco y se pierden. Pobres son los que salen a robar porque están jugados y matan porque están jugados. Pobres son los que nacieron pobres y posiblemente no puedan salir de esa pobreza porque: ¿alguien les da una mano de verdad? En Argentina ser pobre es ser “negro de mierda” por más que digamos hasta el cansancio que no somos un país racista porque (falta decir “Gracias a Dios), no tenemos negros de piel. La respuesta es: si los hay, están en Buenos Aires y también corren por nuestra sangre. Pero ese es otro debate.
Aquí no es necesario entrar en la discusión de la “apología” del delito. No es que esté justificando la muerte de gente inocente, de policías en cumplimiento del deber. Tampoco justifico la muerte de “delincuentes” en mano de policías o de justicieros anónimos. Lo que quiero plantear es que como sociedad debemos sacarnos la careta. Porque si nadie quiere ceder un céntimo de lo que tiene, de lo que consiguió “en buena ley”, si preferimos encerrarnos en nuestra historia y no ver el mundo que está a nuestro alrededor, es absolutamente natural que no queramos mezclarnos con los que no son “gente como uno”. Eso sí, al ratito, si alguien que no es como nosotros se mete en “nuestro mundo” para sacarnos algo que es “nuestro”, pedimos cadena perpetua. Eso sí, si es un “amigo” que cayó por “evasión”, “corrupción” o cualquier delito de “guante blanco”, hasta podemos perdonarlo.
Aquí no es necesario entrar en la discusión de la “apología” del delito. No es que esté justificando la muerte de gente inocente, de policías en cumplimiento del deber. Tampoco justifico la muerte de “delincuentes” en mano de policías o de justicieros anónimos. Lo que quiero plantear es que como sociedad debemos sacarnos la careta. Porque si nadie quiere ceder un céntimo de lo que tiene, de lo que consiguió “en buena ley”, si preferimos encerrarnos en nuestra historia y no ver el mundo que está a nuestro alrededor, es absolutamente natural que no queramos mezclarnos con los que no son “gente como uno”. Eso sí, al ratito, si alguien que no es como nosotros se mete en “nuestro mundo” para sacarnos algo que es “nuestro”, pedimos cadena perpetua. Eso sí, si es un “amigo” que cayó por “evasión”, “corrupción” o cualquier delito de “guante blanco”, hasta podemos perdonarlo.
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